Flyers: mucho más que ruido y sudor

Collage de Flyers años 90 en Berlín. Portada Blog de contracultura Yes Oui Bai diseñado en Bilbao.

Topografía de un fenómeno mediático

Si la curiosidad fuese un elemento, se podría decir que el análisis de la superficie (geografía) se encuentra con la biología (Darwin). La publicidad no sería ajena a los isótopos: pequeñas entidades que irradian su información activa, no radiactiva, resultante no de la fisión, sino de la fusión.

Una pregunta clave a la que responden los flyers es «¿dónde?». Para el usuario, también es importante saber «¿quién?», «¿de dónde?». Por supuesto, también estamos interesados en «¿cuándo?» y en «¿qué?». Pero esta última pregunta nos lleva a un territorio altamente subjetivo, ya que es extremadamente diverso y difícil de juzgar. Claro, puede que conozcamos a los artistas y a las estrellas, pero no todo el mundo lo sabe, y no siempre. Emoción y anticipación; novedad; un elemento de lo desconocido; la experiencia en la palma de la mano: un buen flyer presiona todos estos botones. ¡No quieres perderte esto!

 

El Flyer como comunicación del medio

Pero ¿qué es un flyer?

El diccionario de Cambridge define flyer como: una pequeña pieza de papel en la que se anuncia un producto o un acontecimiento. El diccionario académico incluye con un significado muy cercano la palabra volante (‘hoja impresa, de carácter político o publicitario, que se reparte en lugares públicos’).

Es precisamente en esto último donde encontramos su origen. Y es que en la Segunda Guerra Mundial se lanzaban estas octavillas desde aviones con fines propagandísticos. Pero a lo largo de los años ciertos patrones y símbolos, aunque constantes, también evolucionaron. Las posibilidades técnicas para producir flyers explotaron y en cierta manera fueron una pieza clave para abaratar la producción en publicidad. Su bajo coste en relación con otros formatos permitía poder distribuirlos de manera masiva, abarcando y persuadiendo a un gran porcentaje de potenciales consumidores.

 

No a la Guerra. Sí a la música

Bien entrados en la década de los 60 y con las nuevas generaciones marcadas por el hastío de las balas, los flyers toman especial relevancia para publicitar un trending topic del momento: el Rock.

Es precisamente en el fenómeno musical donde quisiera hacer hincapié. Estos pequeños objetos influyeron –y siguen hoy en día– a distintas generaciones.

La contracultura ataca de nuevo, especialmente en Gran Bretaña, donde eclosionan grupos que tras beber aguas de otros charcos revolucionan el panorama mundial. El uso del flyer es vital para anunciar conciertos y eventos relacionados con la música; para atraer a una juventud deseosa de ver y escuchar; organizar y promover.

Haciendo una pausa técnica, siempre me ha llamado la atención la especial conexión que en ese preciso momento, en términos «histórico-gráfico-musicales» –toma definición– tenían los flyers y las portadas de LP’s. Se podría decir que era como un antes y un después. Si bien la anunciación explícita de nuestras queridas hojas publicitarias daba a conocer de forma más personal muchos de aquellos grupos, cuando estos prosperaban en su materia, su next level tangible con efecto bumerán publicitario era la portada del vinilo. Y es que el diseño en los vinilos… merece un capítulo aparte.

La revolución musical era un hecho imparable. Un pegamento de contacto para la estética, el pensamiento, la rebeldía y el cambio con aroma lisérgico.

Y volviendo al tema que nos ocupa, posiblemente para una generación éste fue uno de los volantes más influyentes del siglo XX: El festival de Woodstock

 

Woodstock-flyer
Imaged by Heritage Auctions

 

De perdidos a imperdibles

Los flyers tienen historias que contar. Cualquier colección completa de folletos reflejará el desarrollo de la cultura juvenil durante las décadas de 1970 y 1980: la transición dentro de la cultura de club, de la uniformidad a la diversidad, desde los primeros días del Punk hasta los inicios de la rave europea. Pero a estas alturas del partido, podemos anticiparnos a una jugada interesante: el diseño gráfico.

Aunque los estilos y herramientas en el mundo gráfico avanzaban, la composición en aquellos días, tan manual y de aroma a imprenta, iba adquiriendo una tipología estándar: rectangular, entre los formatos A5 y A6 e impresa en un lado. El mensaje: anuncio de un evento único, privado o público. Desde el punto de vista del productor, el flyer es la «cara» de un evento. Desde el punto de vista del destinatario, una fuente de información visual sobre la escena. A menudo proporcionaban datos que no estaban disponibles en las revistas. Y en algunos casos, ventajas concretas: precio reducido o entrada solo con flyer. No es coincidencia que en Inglaterra también se conozca a los flyers como «invitaciones».

El diseño gráfico le debe mucho al punk, y viceversa. Ya está. Lo he soltado. Esta escena suburbana no hubiese sido la misma sin el impacto del collage, el lettering o la tipografía en el programa de centrifugado. El advenimiento del movimiento coincidió aproximadamente con la invención de la fotocopiadora en blanco y negro.

En 1977, de la mano del artista Jamie Reid, nace la icónica portada del único disco de Sex Pistols: «Never Mind The Bollocks»

 

 

Sí, ya sé que he vuelto a los discos y hablábamos de otra cosa, pero es que la estética generacional de nuestras queridas hojitas empezaba a rezumar signos de esa portada.

En los 80, los flyers y el punk estaban sobradamente emparejados. La atracción estética se basó en la ausencia de profesionalismo y la impresión de un producto desechable cortado y pegado apresuradamente. El ingenio colectivo se alimentaba de fotografías, ilustraciones y recortes. Esta estética visual de «basura» coincidía con un tipo de música que también afirmaba ser basura, al mismo tiempo que proporcionaba una reflexión liberadora sobre el estado disfuncional de la sociedad. De esta manera, las manifestaciones de un lenguaje visual opuesto a la apariencia hábil de la publicidad desarrollaron su propia belleza, prosperando con expresiones alegres de desenmascaramiento.

Los flyers eran más que anuncios de conciertos puramente funcionales. Eran manifestaciones artísticas. Incluso compartían escenario con sus primos mayores: los carteles pegados en paredes a base de agua y cola. Las ironías políticas y hostias fuera de misa –sobre todo en Bilbao, mi ciudad– también eran artistas invitados.

En las calles, el mensaje era un arma arrojadiza y tenía un plan que se sostenía entre los dedos.

 

"Desde el principio, el arte visual del punk era deliberadamente simple, cualquiera podía hacerlo si tenía un cerebro lo suficientemente demente. Todo lo que se necesitó fueron tijeras o una cuchilla de afeitar y un poco de pegamento, y podías hacer collages... Una idea malvada, especialmente una que ofenda a todos los que la vean, ese es el camino a seguir". -Jello Biafra

El artista de collage Winston Smith (seudónimo tomado del protagonista de la novela «1984» de George Orwell ) ayudó en gran manera a definir el arte punk de San Francisco mediante flyers. Amigo de Jello, creó con frecuencia piezas para éste y su banda (Dead Kennedys), incluido su logotipo rojo y negro «DK». Usó fragmentos de anuncios y revistas de mediados de siglo, pervirtiendo la fantasía suburbana de la década de 1980 y dándole la vuelta.

Uno de sus flyers más icónicos e imagen que posteriormente vistió un álbum del grupo, mostraba la cara de un hombre atrapado en alambre de púas y superpuesto sobre una fotografía de cadáveres. La imagen principal fue tomada de un anuncio de crema de afeitar de la década de 1950. El objetivo era el impacto y el disgusto.

 

 

Mientras hago otra parada técnica al subir estas imágenes, observo en la metamorfosis la apropiación de arte sobre papel a pecho descubierto. Un canto al Dadaísmo y el nihilismo, mientras suena de fondo Lady Day del álbum «Berlin» de Lou Reed –no está nada mal, oye, aunque no voy a entrar aún en Alemania–.

Todo va sobre ruedas, y es que este último volante tan visceral me da paso a un «personaje» esencial en el temario al que hemos venido a jugar. De hecho, verdugo y salvador en la historia de las artes gráficas, cambió el «cómo» y dejó sin filo a tijeras. Eso sí, decían que era educado y saludaba.

No voy a entrar en muchos detalles de lo que supuso el primer Mac –y no será por ganas, pero me va a pillar el toro– en la industria gráfica. El sopapo de esta máquina de ingeniería con chupa beige ofrecía capacidades nunca vistas en un ordenador: gráficos vectoriales, manipulación de texto con el uso de diferentes fuentes, mostrando en pantalla lo mismo que saldría en una impresora. Sin uso de código y a golpe de ratón. Hola a la autoedición.

 

Zurückbleiben Bitte

 

 

Ahora sí, llego a la última parada, y ésta bien podría ser la de Alexanderplatz. No creo que se pueda detallar el peso de la cultura del flyer sin la participación alemana, especialmente de Berlín.

Llegados a este punto –prometo que no estaba planeado, pero el azar siempre es caprichoso–, me doy cuenta de los ocurrentes puntos de unión en esta entrada. Y es que, si partimos de un flyer con fuerte alusión a 1984, y Ridley Scott inmortalizó una liberación de la distopía en el anuncio del Macintosh, Alemania lo superó.

Tras la caída del muro y asomando la pata una nueva década, iban a aflorar nuevas tendencias en la capital. La unificación llevaría consigo una apertura de posibilidades. Con una parte de la ciudad a medio vestir, en edificios abandonados llegó la okupación, pero ésta necesitaba su propio ruido y aún estaba por llegar.

El punk ya había recorrido un largo camino. El grunge y el bombo en torno a Nirvana en particular condujo al colapso de las antiguas estructuras de la subcultura y Alemania experimentó una fase intensiva post-punk. Las bandas de la primera generación de punk alemán se habían ido hace mucho tiempo o se habían convertido en rockeros de estadio. Pero innumerables bandas de EE. UU., que pasaban la mayor parte del año de gira por Europa, inyectaron una nueva dosis de energía creativa en una escena que tuvo lugar principalmente en clubes juveniles autónomos.

 

 

Casi todas las ciudades de tamaño mediano de Alemania tenían un garito de este tipo, donde los conciertos en vivo y el trabajo político (tiendas de información y grupos antifascistas) iban regularmente de la mano. Durante largos períodos del año se organizaban hasta tres conciertos a la semana, algunos con bandas que se han olvidado, pero también otros que se han convertido en súper estrellas.

Lo que caracterizó a esta escena justo antes de su colapso fue la mezcla ecléctica, lo que la hizo difícil de explicar a aquellos que no formaban parte de ella. El espectro musical pasó del punk melódico a los gritos enojados de hardcore, pasando por el heavy metal y las influencias de jazz. La colorida mezcla de elementos punk, metal y grunge, junto con la escena política, también influyó en la estética del flyer, bastante heterogénea de la época. Los motivos políticos con anarquistas lanzando bombas eran tan comunes como el monstruo, la salpicadura y el repertorio de fantasía tomado de la escena del metal.

A medida que se adentraba la sociedad hacia el nuevo milenio, la forma y el diseño de los flyers fueron cambiando de forma progresiva. Los folletos prototípicos, sencillos y rectangulares, podía hacerlos cualquiera con un ordenador. Incluso convivían con los de estética pasada. Pero entre la amalgama de subculturas y el consumismo compulsivo en ciernes, haré una mención a algo que no se puede omitir: aparecen las malas artes en flyers de otra «cultura de club» de la que Alemania, entre otros, fue precursora.

Solo se necesita un breve vistazo al concepto moderno del flyer para darse cuenta de que no parecía haber ninguna contradicción en el sexismo y en la corrección social y política. El triste hecho de que mujeres medio o completamente desnudas en poses eróticas o idiotas nos sonrían en folletos de club a los que nunca iríamos no es nuevo. Bajo la misma lógica que la publicidad popular, la piel desnuda de las mujeres ya se capitalizaba entonces, ya que el sexo simplemente vende. No se estaba pensando en la corrección a esas esferas, en su mayoría orientadas a las ganancias, pero donde el beneficio gobernaba nada era sorprendente.

Lo que era aún más sorprendente es cómo los clubes y organizaciones que, reflexionando políticamente y siendo conscientes de su corrección, lidiaban con esta forma funcional de publicidad. En entornos donde nadie se adaptaría abiertamente a las actitudes racistas o fascistas, parece que no había ningún problema en usar imágenes sexistas: mujeres desnudas saltando de estúpidos plátanos, manos en esposas esponjosas detrás del trasero de una chica delgada y desnuda, o fantasías masculinas de dibujos animados con proporciones nada realistas.

Y de aquellos barros, estos lodos. Variaciones de esos modelos, por desgracia, siguen funcionando en nuestros días. Pero aunque he tenido que sacar a relucir este concepto tan miserable y cutre, no pienso tirar a los teutones a los leones –qué bien me ha quedado–.

Volviendo al tema que importa, las herramientas para diseñar y producir eran cada vez más amplias, y el abanico musical, también. El sonido electrónico ya pegaba fuerte y las raves eran lugares de peregrinación para muchos. Aunque es en Gran Bretaña a finales de los 80 donde se popularizaron debido a que los clubs se hicieron demasiado pequeños, entre otras cosas, gracias al auge del Acid House, que tenía como imagen de reclamo en muchos flyers un icono que traspasó fronteras: una carita amarilla, redonda y sonriente –qué recuerdos–. Según algunos diseñadores, los flyers evolucionaron a la cultura de fiesta.

 

Acid-house-flyer

Berlín fue el contenedor donde se depositaron todas las influencias internacionales, convirtiéndose por méritos propios en la central rave: ceremonias del sonido electrónico donde se mezclan razas y orientaciones sexuales en jardines inclusivos y liberales.

Las propuestas en flyers serían cada vez más suculentas sin perder ese ápice de fenómeno mediático pero con un lavado de cara impactante. Llegaba una época dorada en el diseño y la creatividad, y llegaría internet.

Los volantes se transforman y se digitalizan. En el espacio virtual se hacen llamar «banner» y hasta se mueven. Pero en las calles siguen su rutina de siempre.

 

Yes Oui Fly

Ha pasado casi un cuarto de siglo y aquí estamos: los amantes del ojo crítico y la artesanía junto a los tiktokers «sobradamente preparados» con el álbum de la IA de cromos repetidos. ¿Y la publicidad? Siempre hambrienta. ¿Y mis flyers? ¡Eh!, están aquí, integrados en las redes sociales. Coloridos, interactivos, sugerentes… y siguen aún en las calles. Voceros de las citas.

Mi homenaje al  flyer como obra gráfica, publicitaria y artística merecía un espacio así. Acompañante incondicional e influyente generacional. Si has llegado hasta aquí, te pido que valores un concepto que funciona y es atemporal. Sea digital o en la palma de la mano.

Cada uno con su fecha de caducidad, pero no morirán jamás.

 

Si no necesitas un flyer, no hagas clic

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